
La presidenta Claudia Sheinbaum ha marcado una postura contundente respecto al futuro energético de México, asegurando que su administración no repetirá las políticas de apertura del pasado. En sus recientes declaraciones de abril de 2026, la mandataria afirmó que, aunque se busca aumentar la producción de gas, esto se hará bajo un estricto control del Estado. Con la frase “ni que fuera Calderón o EPN”, buscó distanciarse de las reformas que permitieron la entrada masiva de capital foráneo en sectores estratégicos.
El eje de esta nueva política es reducir la dependencia del gas importado, que actualmente representa casi el 80% del consumo nacional. Para lograrlo, el gobierno planea explorar yacimientos en el norte del país, pero bajo condiciones muy distintas a las de décadas anteriores. La intención es que sea la nación, a través de Pemex, la que lidere estos proyectos para garantizar que la riqueza generada se quede en territorio mexicano y beneficie directamente al pueblo.
El control estatal frente al modelo del fracking
Un punto central del debate es cómo se llevará a cabo la extracción sin recurrir al esquema de fracking que tanto daño causó en otros tiempos. Sheinbaum insiste en que su formación científica le permite avalar el uso de nuevas tecnologías que son mucho más eficientes y menos agresivas con el entorno. Al utilizar métodos que reciclan el agua y limitan los químicos, la presidenta sostiene que el fracking de su sexenio no será el tradicional, sino una versión moderna y soberana.
Sin embargo, el reto técnico es monumental, ya que la infraestructura necesaria para este tipo de fracking avanzado requiere de una inversión y tecnología que actualmente Pemex no posee en su totalidad. Esto ha levantado dudas sobre si realmente se podrá evitar la participación de empresas privadas en el proceso. A pesar de estas dudas, el discurso oficial se mantiene firme en que México no se “venderá” ni se entregará a intereses extranjeros como ocurrió en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.
Tensiones entre la solidaridad y el apoyo al fracking
Un aspecto que genera fricción en la opinión pública es la aparente contradicción en el manejo de los recursos petroleros. Por un lado, la presidenta ahora parece ser que apoya al fracking con el fin de obtener gas propio, a pesar de que fue una de sus críticas más constantes durante muchos años. Por otro lado, México ha mantenido el envío de crudo a Cuba como ayuda humanitaria, lo que algunos sectores ven como una fuga de recursos estratégicos que el país necesita para su propia estabilidad.
Finalmente, la administración de Sheinbaum se enfrenta al desafío de equilibrar sus ideales de solidaridad internacional con la urgencia de abastecer el mercado interno. Mientras los críticos señalan que enviar combustible fuera contradice la narrativa de soberanía, el gobierno defiende estas acciones como decisiones soberanas de apoyo mutuo. El éxito de esta estrategia dependerá de que el nuevo fracking logre dar resultados rápidos sin comprometer la transparencia ni la propiedad pública de los energéticos.













