
Culiacán, Sinaloa, 24 de julio de 2026.- La ciudad de Culiacán continúa enfrentando las secuelas de la violencia derivada de la narcoguerra que se intensificó tras la captura de Ismael “El Mayo” Zambada en julio de 2024. A dos años de estos hechos, la población ha desarrollado una nueva forma de convivencia marcada por el miedo y la adaptación constante a la inseguridad.
Desde entonces, la violencia ha dejado una estela de muertes, desapariciones y afectaciones económicas que han transformado la vida cotidiana en la capital sinaloense. Aunque las calles han vuelto a llenarse y los negocios intentan operar con normalidad, la percepción de seguridad no se ha recuperado completamente.
Jesús, un observador social local, explica que la población no ha alcanzado la paz, sino que se ha adaptado a la violencia. Los enfrentamientos armados visibles han disminuido, pero han sido sustituidos por ataques más selectivos que mantienen la tensión en la ciudad.
La presencia militar se ha incrementado considerablemente en Sinaloa, con más de 16 mil elementos desplegados en distintas zonas. Para algunos habitantes, esto representa un alivio, mientras que para otros es un recordatorio constante de la crisis que persiste. Sin embargo, el aumento en vigilancia no ha significado una recuperación real de la seguridad.
En este contexto, las familias y comunidades se ven obligadas a continuar con sus actividades diarias pese al riesgo. Un albañil que llegó hace años a Culiacán describe la situación como un constante estado de alerta donde “amanecer vivo es ganancia” y cualquier error puede tener consecuencias graves.
Por otra parte, organizaciones civiles como “Madres en Lucha por tu Regreso a Casa” enfrentan la difícil tarea de buscar a sus familiares desaparecidos. Reinalda Pulido Chavira, fundadora del colectivo, denuncia la falta de recursos y apoyo institucional para las búsquedas, que ella y otras madres realizan bajo condiciones físicas y emocionales extremas.
Cambio en la dinámica de la violencia
La guerra entre grupos criminales ha modificado la percepción y la forma en que los habitantes de Culiacán viven la inseguridad. Las familias solían resguardarse ante enfrentamientos abiertos, pero ahora la violencia se manifiesta en ataques dirigidos y selectivos. Esto ha obligado a la población a modificar sus hábitos y a convivir con la amenaza constante.
Despliegue militar y su impacto
El aumento en la presencia de fuerzas armadas busca contener la violencia, pero genera sentimientos encontrados. Mientras algunos ciudadanos ven una mayor protección, otros perciben que la militarización evidencia la persistencia del conflicto. Los militares que acompañan las búsquedas de desaparecidos reconocen que el miedo es parte de su rutina, pero su prioridad es garantizar la seguridad de las familias durante estas labores.
De esta forma, Culiacán sigue en un proceso complejo para retomar la normalidad mientras enfrenta los retos que deja la narcoguerra y la violencia estructural.
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