
La madrugada del 28 de febrero de 2026 marcó un punto de inflexión en la historia reciente del Medio Oriente: Estados Unidos e Israel iniciaron una ofensiva militar coordinada contra objetivos dentro de Irán, en lo que ambos gobiernos describieron como una acción preventiva para neutralizar lo que consideran amenazas estratégicas y armas que podrían cambiar radicalmente el equilibrio regional. Esta operación, anunció la Casa Blanca, se produce en medio de tensiones acumuladas y tras el colapso de varias rondas de negociaciones diplomáticas sobre el programa nuclear de Teherán.
Desde horas antes del amanecer, explosiones resonaron sobre Teherán y otras ciudades iraníes, acompañadas por columnas de humo y el cierre del espacio aéreo en varias partes de la región. El ataque, según informes oficiales, golpeó instalaciones militares, sedes de seguridad y áreas cercanas a centros de poder político. La administración estadounidense, por su parte, lo calificó como parte de una campaña de “gran envergadura” destinada a eliminar amenazas concretas y disuadir a las fuerzas que, a su juicio, podrían producir armas nucleares o misiles de largo alcance.
Irán respondió inmediatamente con lanzamientos de misiles y drones, algunos dirigidos hacia bases militares estadounidenses en países vecinos del Golfo Pérsico. Esta respuesta no se limitó solo al terreno militar: sirenas de advertencia antiaéreas sonaron en varias ciudades israelíes, y gobiernos regionales —desde Emiratos Árabes Unidos hasta Catar y Baréin— reportaron episodios de tensión, explosiones o interceptación de proyectiles.
El trasfondo de esta escalada es complejo. Durante semanas, Estados Unidos había reforzado su presencia militar en el Medio Oriente con buques de guerra, aviones de combate y sistemas de defensa, buscando presionar a Irán mientras las conversaciones nucleares quedaban estancadas. Irán, por su parte, defendía su derecho al enriquecimiento de uranio y rechazaba vincular ese debate a limitaciones en su arsenal de misiles o a su apoyo a grupos aliados en la región.
Las reacciones internacionales han sido diversas y, en muchos casos, alarmadas. Moscú calificó la ofensiva como un acto de agresión no provocado que podría desatar consecuencias humanitarias y políticas de gran alcance, mientras que organismos como la Unión Europea insistieron en la necesidad urgente de moderación y retorno a las vías diplomáticas para evitar un conflicto aún mayor.





