
La relación entre Estados Unidos y Colombia se encuentra en un punto crítico, marcado por fuertes declaraciones, sanciones y advertencias que han elevado las tensiones hasta niveles no vistos en décadas entre ambos países aliados.
En los últimos meses, el presidente Donald Trump ha adoptado un tono cada vez más duro hacia su homólogo colombiano, Gustavo Petro, acusándolo sin pruebas de estar vinculado al narcotráfico y sugiriendo incluso una posible intervención militar similar a la ocurrida recientemente en Venezuela.
El desencuentro comenzó con la revocación de la visa estadounidense a Petro y continuó cuando Trump describió al mandatario colombiano como responsable de “laboratorios de cocaína” y advirtió que podría actuar contra Colombia si las autoridades no abordaban con fuerza el narcotráfico.
Las tensiones crecieron con sanciones económicas y la suspensión de ayuda financiera estadounidense, una medida que rompe con décadas de cooperación en temas de seguridad y lucha contra las drogas.
Frente a estas amenazas, Petro ha intensificado su retórica, denunciando lo que califica como injerencias en la soberanía y reforzando su postura de defensa nacional. Sus declaraciones han sido respaldadas por manifestaciones públicas dentro de Colombia, en las que se exige respeto al país y a su gobierno.
No obstante, tras el aumento del conflicto verbal, ambos líderes lograron restablecer comunicación directa a través de una llamada telefónica de aproximadamente una hora, en la que acordaron discutir temas clave como la lucha contra el narcotráfico y otros desacuerdos diplomáticos.
El diálogo diplomático ha abierto la puerta a una futura reunión entre Trump y Petro, programada para principios de febrero en Washington, con la intención de mitigar la crisis y buscar puntos de cooperación que puedan restablecer la confianza entre los dos gobiernos.






