Ocho por RadioEscuche mientras lee: “Otro Muerto”; una de las piezas cuya ironía es tan poética que a pesar del tema, resulta una delicadísima creación. De la compleja e incomprendida genialidad de José María Cano. “Otro muerto, pero qué bonitos son, calladitos, sin querer llevar razón. Otro muerto, pero tiene su por qué algo ha hecho y si no pregúntale”.

 

Una tarde, un trabajador, padre de familia, o hijo devoto; solitario o casado, homosexual o hetero, sólo un ciudadano más.

Una de tantas acaloradas y húmedas tardes con el tráfico cargado y miles de personas caminando en torno de las inmediaciones de El Crucero. El miedo nos ha hecho cobardes, indolentes y como respuesta a la vergüenza propia, el cinismo de apuntar con el celular para grabar el espectáculo: las ratas haciendo presa al infortunado, mientras los cerdos cómplices patrullan lo más lejos posible; la impunidad ha hecho presa a uno más y, que yo sepa, es perfectamente inútil determinar si enlutarán dos o más, si la historia que se desangra a mitad de la avenida José López Portillo sería de amor o de futilidad absorta.

Al final, la historia agonizó durante muchos minutos al ritmo de las decenas de puñaladas que vaciaron sus venas hasta dejarlo con la boca y los ojos muy abiertos; ni los servicios de emergencia aparecieron hasta que el desconocido sucumbió al dulce paro cardíaco que acabó con el insoportable dolor de sus heridas abiertas.

Como diría el intento frustrado de filósofo apenas vulgar autor de “autoayudas”, Paulo Coehlo: “Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla”…. solo que al infortunado “showman de ocasión” le ganaron las ratas a desear lograr sus negocios, antes que él deseara seguir viviendo… y como dice José María, “algo ha hecho y si no pregúntenle”. Creo que su pecado fue no dejarse asaltar y eso le valió incluso que el taxista al que le suplicó ayuda le pusiera los seguros a sus puertas para que el moribundo, el patiño de los miles que caminaban por ahí no se subiera a su taxi, no fuera a ser que le ensuciara sus vestiduras con sangre.

Los designios de la muerte son políticas de Estado. El poder real está ocupado en resolver el tema de la sobrepoblación, en especial, de aquélla población que les genera asco: latinoamericanos principalmente.

Y entonces, para frenar que nos sigamos reproduciendo, hacen de la unión de parejas del mismo sexo la nueva tendencia, finalmente, esas parejas no tienen la posibilidad de reproducirse; abundan entonces en los círculos del poder fomentadores de estas tendencias, también son facilitadores de grises personajes cuya soledad les orilla a saciar sus necesidades sociales con mascotas, especialmente perros o gatos, animales con los cuales suplen a los seres humanos; y salen a las calles a recoger perros abandonados, accidentados, sarnosos y mientras más jodidos, más valorados, y están plenamente convencidos que sus mascotas son mejores que cualquier persona que pretenda acercarse a sus solitarias y patéticas vidas.

Pero no se trata de un fenómeno, es el resultado de los dictados del micro círculo de los auténticos “dueños del mundo”.

¿Acaso cree usted, gentil lector, que el metódico cierre de hospitales, la carencia de nosocomios psiquiátricos, la privatización en general de los servicios de salud y, sobre todo, el fomento del sicariato, de la manufactura de drogas sintéticas, el fomento de la ruptura de familias, el regreso triunfal de la esclavitud laboral, cree usted que es casual?

La investigación sobre el Genoma Humano trasciende por la racista especialización que determina las características de los genomas particulares, “el Genoma del Mexicano”, por ejemplo. ¿En verdad cree usted que las etiquetas que advierten que determinados alimentos o productos son manufacturados para su venta exclusiva en México o América Latina es casual? -Pues que ingenuo-.

Los designios de la muerte determinan que es fundamental la disminución de poblaciones “indeseables”, son dictados del imperio y los esbirros que aplican las medidas al pie de la letra en su propia tierra, son ilusos estúpidos que creen estar a salvo de esta masa empobrecida, manipulada, enajenada y sin dignidad; lo que no advierten es la compleja disyuntiva de determinar qué es peor, si sucumbir al vulgar disparo de un arma, o ser el verdugo que al carecer de “carne de cañón”, en pleno paroxismo y a falta de más presas, terminarán apuntando a su propia sien.

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MR. Poppy
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